¿Cuanto tardamos en olvidar a alguien? ¿Cuando creemos que estamos listos para empezar de nuevo? ¿Cómo es salir a las pistas? ¿Se puede volver a pensar en el amor después de un rompimiento?
No tengo la respuesta a ninguna de esas preguntas. Pero si les puedo contar una historia que me contaron de un chico que lloró casi hasta ahogarse y después perdonó. Perdonó todo lo malo, y se acordaba sólo de los buenos momentos que habían vivido. Él quería de verdad ser una mejor persona, intentar progresar, madurar. Encontró hobbies, nuevos libros, películas, chistes que hacía con su familia. Conoció nuevos amigos con los que disfrutaba tardes enteras en alguna plaza o caminando sin rumbo. Fué curioso y encontró lugares en la ciudad donde podía sentarse a tomar un café sólo y no se sentía incómodo. Se reencontró con personas que le hacían recordar quién era realmente. Empezó a saber de nuevo qué cosas le gustaban y cuáles no. Pasó noches enteras en vela escribiendo y leyendo todo lo que le hacía pensar en otros mundos e historias. Dejó de sentir dolor y puso un poco más de color a su vida. Salía a correr dos veces por semana, leía dos horas al día y visitaba siempre que podía un lugar nuevo. Aprendió a cocinar otras cosas para sus amigos y abrazó fuerte a su familia más seguido. Adoptó un gato y se encargó de que crezca sano. Compró una bicicleta, tiró toda la basura que había acumulado y cambió el corte de pelo. Se sentía feliz, se sentía pleno. No más días tristes para él. No más melancolía. Todo era bello y había allá adelante esperanza de seguir. Nada se había acabado, todo estaba comenzando. Pensaba que la vida le estaba mostrando que habían más oportunidades. Que por más que hubiera cometido errores siempre había opción de ser mejor. Que podía aprender y pedir disculpas. Soltar el odio y ser amoroso. Los recuerdos que tenía eran agradables. Pero ya no tenía oportunidades de volver con quien él había soñado un futuro. Hasta que un día, su teléfono sonó y tomaron un café y dijeron que se querían. Que iba a ser muy difícil pero que los sentimientos estaban ahí. Que iban a estar en contacto. Que se perdonaban. Hasta incluso se besaron. Pero mis amigos tengo que contarles que este muchacho quedó con ilusiones otra vez. Pensó otra vez cuántos viajes harían, cuántos regalos vendrían, cuantos besos bajo la lluvia revivirían. Creyó que nada podía ser mejor, una vida nueva, una nueva oportunidad llena de cosas por hacer. Unas ganas que no le entraban en el pecho. Pero no. No era así. No iba a cambiar nada entre ellos. "Sólo era para saber cómo estabas" respondió. Nada iba a ocurrir. Sólo estaban jugando otra vez con él. Sólo quería saber si estaba ahí esperando, o ya se había ido. El muchacho volvió a llorar. Volvió a creer que nada valía la pena. Que nunca más creería una palabra. Que habían jugado con sus sentimientos otra vez. Que ya no volvería a creer. Y no supo qué más hacer. Pudo, solamente, abrir su cuaderno, escribir y tomar una taza de café con leche.
lunes, 24 de noviembre de 2014
martes, 25 de marzo de 2014
Sobre qué sé yo.
-Hola si por favor, quiero averiguar por un psicólogo o psiquiatra que...
-Lo que le puedo ofrecer es un turno para una admisión..
-No. Necesito ahora. Tengo mareos, creo que tengo un ataque de pánico.
-¿Usted está bajo tratamiento? ¿Esta diagnosticado?
-Si. Pero ya no los tenía más y me desperté y me pasó esto.
-Lo derivo a urgencias.
Sudaba y lloraba. Pensaba si las hornallas o las pastillas eran mejores. 'Muerte dulce' guglié. Me hacía acordar al libro de Murakami "Tokio Blues" donde casi todos los personajes terminan suicidándose. No soy un depresivo de mierda. Ni quiero que se compadezcan de mí.
El cuarto me aplastaba y el aire no alcanzaba a entrar en los pulmones. Abrazaba a la almohada con fuerza. Tu almohada. Tengo picazón por todo el cuerpo y el corazón dando saltos. Me da miedo salir de este cuarto. Quiero que me rescaten. Suena el teléfono.
-Señor cuales son los síntomas así envío a alguien de guardia.
Le explico. Me dice que vienen enseguida.
Te extraño, tal vez si no hubiera pasado lo que pasó, estarías conmigo. No como hace dos días. Y duermo en horas intermitentes. "Te extraño. Quiero hablar con vos" te mando. No quiero mentirte ni asustarte. Es que yo estoy muy asustado. ¿Te acordás que te contaba que me encerraba en el cuarto a oscuras mientras papá y mamá peleaban? Yo lloraba, me rascaba las manos y los brazos. Lloraba en silencio para que papá no se entere. Y por la ventana Jhonny, mi perro, ladraba porque me veía ahí.
Vinieron. Tomé algo y me fuí a dormir. Lo demás qué sé yo.
lunes, 10 de febrero de 2014
Sobre los celos.
Hoy descubrí que soy celoso. No quiero asustarte, como esas personas que son celosos enfermos. Tuve un poco de celos y me da vergüenza decirte cómo me dí cuenta. Solo voy a adelantarte que fue por algo que leí en internet. Y si, no va a ser de otra manera si no te veo, no sé qué haces de tu vida, casi nada.
Es gracioso que me pase ahora ya que siempre sostuve que no soy una persona celosa. Y lo sostengo. O sea, no me molesta que mires a otros o que fantasees con otros. Sólo me molestaría que te involucres sentimentalmente con alguien más. Pero hoy me dieron celos. Me dieron celos porque veo inminente la posibilidad que te olvides de mi en brazos de otro, en la boca de otro, en los juegos de otro. Y me aterra.
Me siento como un nene. Me siento un tarado. Más que nada porque no puedo hacer nada, ya no estamos juntos. El hecho que conozcas a alguien más y que puedas rehacer tu vida es de lo más lógico. Aunque yo no lo haga, aunque se me cruze por la cabeza pero lo crea imposible. Aunque crea que siguen habiendo posibilidades de volverte a enamorar, tengo que acostumbrarme a la idea que algún día vas a mirar a otro, vas a besar a otro, vas a jugar a las cosquillas con otro, vas a decirle te amo a otro. Y soy un imbecil, un tarado, porque lo puedo expresar ahora, porque me da miedo perderte. Pero ya te perdí.
A la próxima persona que se te cruce por el camino decile todo lo que no me dijiste, besala más que a mi, decile muchas más veces te amo y advertile mil veces de lo que se pierde sí te deja ir.
A la próxima persona pedile que te lea cuentos y te cuente historias de cómo quiere el futuro con vos. Dale muchos abrazos, esos que ya no puedo tener.
Sonreí tanto que te duela y cuando te duela llorar hacelo saber. A la próxima persona enseñale tus recetas y cómo te gusta el café.
Yo por mi parte sigo en este remolino en donde no sé qué hacer. Por momentos te extraño pero sé que estas mejor y por momentos quiero ir corriendo a tomar el primer colectivo que me lleve a tu casa.
Me pediste que si encontraba a alguien más lindo que vos, que le diera bola. Me di cuenta que, primero, es muy difícil encontrar a alguien así, y segundo estoy todo el día pensando en vos, así que no tengo tiempo de andar buscando.
Me di cuenta de que soy celoso. Fantasié escenas deformes de siluetas abrazándote y haciéndote reír. Formas que me roban recuerdos que eran sólo nuestros, que los compartas con alguien más. Proyectos que veo con tu cara donde mi cara ya no es más. Y me mareo como cuando era chico en las hamacas porque no me sabía hamacar. Daba vueltas sobre mí mismo y los ojos tenía que cerrar.
Ahora ya no entiendo nada y te extraño tanto que no puedo pensar.
domingo, 9 de febrero de 2014
Sobre la puntualidad.
Otra vez trato de concentrarme en el medio del ruido del Carnaval en Buenos Aires. Las murgas cerca de casa están festejando y danzando en un rito que lleva décadas de ensayos. Los chicos corren de acá para allá contentos. Yo me quedo mirando desde la esquina. Estoy pensando si debería escribirte de nuevo o quedarme callado leyendo hasta que duerma.
Lo que pasa es que tu silencio es desesperante, y extraño verte deambulando por mi vida. Con esa forma de caminar como si flotaras y esa sonrisa que a mi me hace flotar. Parece que te estoy viendo en la vereda, con tus auriculares y tu prisa que no sé por qué siempre tenés. Será que el barrio te parece inseguro, o será que no te gusta llegar tarde a ninguna parte. Siempre calculás bien. Yo siempre llego tarde.
Siempre te irritó que llegara tarde porque me atrasaba con esto o calculaba mal el tiempo del subte. Siempre me dijiste que tengo que apurarme y que tengo que salir media hora antes.
Hoy, otra vez estoy tarde. Tarde te digo lo que siento. Tarde pienso en lo que hice mal. Tarde aprendo y quiero resolver las cosas. Siempre tarde. Y eso es culpa mía. Porque me lo advertiste; no tolerás la impuntualidad. Es que sos prolijo y yo no. Soy un desastre y creo que en algún momento te gustó. Pero no te gusta mas. No querés saber nada con mi impuntualidad.
Sostengo que mis impulsos son claves en las decisiones que tomo. El hecho de que llueva y me moje, sólo para ver tu balcón lo prueba. No estoy orgulloso de eso, pero mis acciones siempre se ven regidas por los impulsos. El corazón, como te dije, a veces no me deja pensar. Y salgo a caminar sin rumbo con una mochila con algunos libros, un buzo por si hace frío, la música por si me aburro y mis ojos atentos en buscarte.
Te busco en lugares donde nunca irías, te busco por todas partes en la ciudad, para simular que no te estoy buscando. Te busco en las páginas de los diarios, en los poemas, en las fotos que nos sacábamos juntos. Busco y lloro a veces desconsoladamente. Pero me hago el fuerte, tomo un café y sigo escribiendo. Te escribo cartas que nunca vas a leer. Cartas que guardo, o que tiro porque sé que son pura mierda cursi.
Eso es, mierda cursi. Todas esas películas de las que aprendí absolutamente nada. De las que creo que vivimos y pienso que aún me amas. Es raro pero a veces, mientras camino me siento en algún cordón de vereda y enciendo un cigarrillo para tratar de respirar realidad. Pero el humo me lleva a recuerdos nuestros, de cómo pasamos el invierno entrelazando nuestros dedos cuando hacía frío. O de cuando saltabas en la cama solamente para hacerme rabiar.
Nadie sabe amar dijo Daniel Melero. Pero yo creo que no solamente no sé amar, sino que no sé a veces cómo cuidarlo. Y eso te lo dije, no te cuidé. Y ahora es tarde. Ojalá alguien llegue a tiempo siempre que lo necesites, y te cuide como yo quiero aprender. No es fácil pensar en esto, pero tengo que hacerme a la idea. Tengo que aprender a ser puntual y dejar de buscarte. Tengo que aceptar que ya no estas conmigo porque te hago mal y ya no me vas a retar porque te dije a las nueve y son nueve y cuarto.
Espero algún día encontrarte y que me dejes que te enamore y te cuide de nuevo. Mientras, voy a seguir escribiendote estas mierdas cursis que tanto me gustan escribir.
Lo que pasa es que tu silencio es desesperante, y extraño verte deambulando por mi vida. Con esa forma de caminar como si flotaras y esa sonrisa que a mi me hace flotar. Parece que te estoy viendo en la vereda, con tus auriculares y tu prisa que no sé por qué siempre tenés. Será que el barrio te parece inseguro, o será que no te gusta llegar tarde a ninguna parte. Siempre calculás bien. Yo siempre llego tarde.
Siempre te irritó que llegara tarde porque me atrasaba con esto o calculaba mal el tiempo del subte. Siempre me dijiste que tengo que apurarme y que tengo que salir media hora antes.
Hoy, otra vez estoy tarde. Tarde te digo lo que siento. Tarde pienso en lo que hice mal. Tarde aprendo y quiero resolver las cosas. Siempre tarde. Y eso es culpa mía. Porque me lo advertiste; no tolerás la impuntualidad. Es que sos prolijo y yo no. Soy un desastre y creo que en algún momento te gustó. Pero no te gusta mas. No querés saber nada con mi impuntualidad.
Sostengo que mis impulsos son claves en las decisiones que tomo. El hecho de que llueva y me moje, sólo para ver tu balcón lo prueba. No estoy orgulloso de eso, pero mis acciones siempre se ven regidas por los impulsos. El corazón, como te dije, a veces no me deja pensar. Y salgo a caminar sin rumbo con una mochila con algunos libros, un buzo por si hace frío, la música por si me aburro y mis ojos atentos en buscarte.
Te busco en lugares donde nunca irías, te busco por todas partes en la ciudad, para simular que no te estoy buscando. Te busco en las páginas de los diarios, en los poemas, en las fotos que nos sacábamos juntos. Busco y lloro a veces desconsoladamente. Pero me hago el fuerte, tomo un café y sigo escribiendo. Te escribo cartas que nunca vas a leer. Cartas que guardo, o que tiro porque sé que son pura mierda cursi.
Eso es, mierda cursi. Todas esas películas de las que aprendí absolutamente nada. De las que creo que vivimos y pienso que aún me amas. Es raro pero a veces, mientras camino me siento en algún cordón de vereda y enciendo un cigarrillo para tratar de respirar realidad. Pero el humo me lleva a recuerdos nuestros, de cómo pasamos el invierno entrelazando nuestros dedos cuando hacía frío. O de cuando saltabas en la cama solamente para hacerme rabiar.
Nadie sabe amar dijo Daniel Melero. Pero yo creo que no solamente no sé amar, sino que no sé a veces cómo cuidarlo. Y eso te lo dije, no te cuidé. Y ahora es tarde. Ojalá alguien llegue a tiempo siempre que lo necesites, y te cuide como yo quiero aprender. No es fácil pensar en esto, pero tengo que hacerme a la idea. Tengo que aprender a ser puntual y dejar de buscarte. Tengo que aceptar que ya no estas conmigo porque te hago mal y ya no me vas a retar porque te dije a las nueve y son nueve y cuarto.
Espero algún día encontrarte y que me dejes que te enamore y te cuide de nuevo. Mientras, voy a seguir escribiendote estas mierdas cursis que tanto me gustan escribir.
miércoles, 5 de febrero de 2014
Hoy
Cuaderno en mano, entro a un bar. Me siento a lado de una ventana que da a la calle, desierta en febrero. No pude vivir la época en la que en los bares de Buenos Aires se podía fumar en interiores mientras se disfrutaba de un café. Pido un café con leche, como siempre. Algo para comer, un tostado sin jamón, pero con tomate.
Afuera quiere llover. Y el bar, como la calle, también desierto, me recuerda los pocos que elegimos el ritual antiguo de la cafetería y la charla con algún amigo. Es que algunos prefieren tomar algo y charlar parados en alguna esquina. El tiempo no alcanza y queremos resolver rápido todo.
Me acuerdo las charlas que teníamos sentados el uno frente al otro. Algún chiste que te hacía reír. Enfrente mío, el cielo gris que está a punto de largarse a llorar. Tus ojos mirando por la ventana siempre hacían que me pregunte qué estarías pensando. Es que, a veces, uno quiere meterse en la cabeza del otro. Revolver en los recuerdos y los deseos del otro nunca se puede. Y soy torpe y pregunto directamente qué pensás. Me arrepiento al segundo, porque tal vez no quiera saberlo.
Tal vez me digas que ya no te interesa estar sentado conmigo hablando, te levantes y te vayas. Tal vez me digas que pensás que lo que sentís es diferente a lo que siento y terminas por dejar tu taza con el café enfriándose. Tal vez me dejes y salgas corriendo a través de la lluvia de verano. Por eso me trago en un sorbo las palabras. No pregunto nada, porque la respuesta puede ser mi perdición. La verdad en tus ojos puede llegar a destruirme, y prefiero ser egoísta y mentirme antes de desplomarme ahora mismo.
Siempre tuviste la delantera, mi admiración y temor. Porque a veces, uno tiene miedo igual, aunque se sienta muy seguro en el calor del otro. Mi cabeza a veces corre queriendo atrapar a mi corazón. Soy muy intenso te dije una vez y casi no pienso cuando estoy sintiendo algo que es genuino. Tengo miedo de asustarte y casi no puedo tragar el tostado.
Nos acostumbramos que en público no nos abracemos, nos besemos poco y no caminemos de la mano. No sé si por vergüenza, o para extrañarnos un poco aunque estemos caminando juntos. Creo que te veo a través del vidrio empañado. Pero soy yo que estoy empapado esperándote que salgas a abrazarme. Pero no me abrazas. No querés el café que se está enfriando, no querés ninguna pregunta más, ni un chiste.Tampoco el pedacito de tostado que yo no quiero comer.
Me río solo de pensar en todas las veces que corríamos a ver quien entraba primero en el baño a la mañana. Y después los largos desayunos con café con leche en la cama. Tu pelo descontrolado y tus ojos achinados del sueño que sólo se despertaban con cosquillas. El beso cuando te ibas y me dejabas durmiendo. Que corras hasta donde estaba y me aplastes sin decir una palabra.
Tal vez, dejé enfriar el café un poco mientras escribo. Pero no puedo hacer otra cosa.
Me acuerdo que nos sorprendíamos hasta de cómo "encastrabamos" para dormir la siesta en una cama de una plaza. Decías que no te incomodaba en absoluto y hasta incluso dormías profundamente. Hace semanas que no duermo mas de cinco horas, si es que duermo. Es asombroso cómo la cama de dos plazas que compramos nos quedaba chica para nuestros juegos, y ahora es inmensa para mí solo. Igual elaboré una técnica; pongo todas las almohadas que tengo de tu lado y las abrazo por la noche. De esa manera me quedo dormido.
Estoy a algunas cuadras de tu casa, dos en realidad, y la gente empieza a buscar refugio de la lluvia. Pienso si tal vez pases por esta ventana corriendo para no querer mojarte. Sé que vos sos diferente a mi y sí usas paraguas. Yo no creo que sean útiles, el agua siempre moja y siempre es agua inofensiva. Aunque el agua para nosotros sea tan importante que tenemos recuerdos que tienen que ver con el agua.
Pido otro café, porque éste ya está frío y es un asco. El mozo no entiende qué estuve haciendo para no haberlo terminado. Estuve muy concentrado mirando la calle, las flores en la esquina, esas que te compraba, y la vereda que caminábamos juntos. Sé que es cursi pero no puedo pensar de otra manera.
Entiendo que te haya hecho daño, y que me porté muy mal con vos. Muchas promesas rotas y sueños por cumplir. Pero estoy cambiando, quiero merecerte, quiero que veas que estoy haciendo cosas para sanar el mal que hice. No es fácil, lleva tiempo.
Tengo ganas de llamarte, decirte que duermas conmigo. Que hagamos como que no nos conocemos y tomemos un café. Dos extraños que se encuentran en la fila del banco y se dan cuenta de que tienen muchas cosas en común. Dos extraños que al mirarse, se dan cuenta que una sonrisa puede curar y que una caricia puede calmar los llantos más agudos.
Te hablo a veces en el silencio de la casa. Te hablo y te cuento qué estoy haciendo. Qué quiero cambiar, si pongo este mueble acá o allá. Nada te gusta y querés que ahorre para comprar cosas nuevas, o que hagamos un viaje largo solos.
Voy a confesarte algo: Extraño el arroz con vino. Al principio no entendía si era un rizotto o qué era. Pero ahora lo extraño. Saber que había arroz con vino, era saber que habías estado largo rato cocinando para mi. Sé que no supe apreciarlo o no te dije que me gustaba. Pero me gusta, enserio me gusta. No te estoy mintiendo.
Ya no sé a qué hora irme a dormir, porque no estas para decirme que estas cansado. Ya no tengo hambre tampoco porque no quiero cocinarme para mi solo. La lluvia me lastima porque no tengo tu abrazo y no puedo protegerte de tu miedo a los relámpagos.
Voy a irme de este bar y voy a ver tu puerta otra vez. Total, no me ves y yo puedo recordar más cosas ahí. Desde la vez que esperé a que salgas el día que rendías tu primer examen, hasta las noches que entraba rápido porque hacía frío, o cuando me hiciste esperarte tantas veces porque no terminabas de cambiarte. Y tu beso y tu sorpresa al verme. La alegría de verme que desapareció de repente por mi culpa.
A veces dos palabras pueden ser dos palabras y nada más. O pueden resumir tantas sensaciones, sonrisas, sueños y tanto dolor que dejan de ser suficientes. Nunca va a ser suficiente. Pero al menos quiero intentarlo. Dejar este café con leche, y escribir por fin dos palabras que tengan sentido que estoy buscando hace rato. Dos palabras que sin quererlo, demuestren otra vez mi torpeza pero ya no mas mi miedo. Y tomo fuerzas, la escribo, borro, la escribo de nuevo y me doy cuenta de que tengo que dejar de dar vueltas y al fin decirte que: Te amo.
Afuera quiere llover. Y el bar, como la calle, también desierto, me recuerda los pocos que elegimos el ritual antiguo de la cafetería y la charla con algún amigo. Es que algunos prefieren tomar algo y charlar parados en alguna esquina. El tiempo no alcanza y queremos resolver rápido todo.
Me acuerdo las charlas que teníamos sentados el uno frente al otro. Algún chiste que te hacía reír. Enfrente mío, el cielo gris que está a punto de largarse a llorar. Tus ojos mirando por la ventana siempre hacían que me pregunte qué estarías pensando. Es que, a veces, uno quiere meterse en la cabeza del otro. Revolver en los recuerdos y los deseos del otro nunca se puede. Y soy torpe y pregunto directamente qué pensás. Me arrepiento al segundo, porque tal vez no quiera saberlo.
Tal vez me digas que ya no te interesa estar sentado conmigo hablando, te levantes y te vayas. Tal vez me digas que pensás que lo que sentís es diferente a lo que siento y terminas por dejar tu taza con el café enfriándose. Tal vez me dejes y salgas corriendo a través de la lluvia de verano. Por eso me trago en un sorbo las palabras. No pregunto nada, porque la respuesta puede ser mi perdición. La verdad en tus ojos puede llegar a destruirme, y prefiero ser egoísta y mentirme antes de desplomarme ahora mismo.
Siempre tuviste la delantera, mi admiración y temor. Porque a veces, uno tiene miedo igual, aunque se sienta muy seguro en el calor del otro. Mi cabeza a veces corre queriendo atrapar a mi corazón. Soy muy intenso te dije una vez y casi no pienso cuando estoy sintiendo algo que es genuino. Tengo miedo de asustarte y casi no puedo tragar el tostado.
Nos acostumbramos que en público no nos abracemos, nos besemos poco y no caminemos de la mano. No sé si por vergüenza, o para extrañarnos un poco aunque estemos caminando juntos. Creo que te veo a través del vidrio empañado. Pero soy yo que estoy empapado esperándote que salgas a abrazarme. Pero no me abrazas. No querés el café que se está enfriando, no querés ninguna pregunta más, ni un chiste.Tampoco el pedacito de tostado que yo no quiero comer.
Me río solo de pensar en todas las veces que corríamos a ver quien entraba primero en el baño a la mañana. Y después los largos desayunos con café con leche en la cama. Tu pelo descontrolado y tus ojos achinados del sueño que sólo se despertaban con cosquillas. El beso cuando te ibas y me dejabas durmiendo. Que corras hasta donde estaba y me aplastes sin decir una palabra.
Tal vez, dejé enfriar el café un poco mientras escribo. Pero no puedo hacer otra cosa.
Me acuerdo que nos sorprendíamos hasta de cómo "encastrabamos" para dormir la siesta en una cama de una plaza. Decías que no te incomodaba en absoluto y hasta incluso dormías profundamente. Hace semanas que no duermo mas de cinco horas, si es que duermo. Es asombroso cómo la cama de dos plazas que compramos nos quedaba chica para nuestros juegos, y ahora es inmensa para mí solo. Igual elaboré una técnica; pongo todas las almohadas que tengo de tu lado y las abrazo por la noche. De esa manera me quedo dormido.
Estoy a algunas cuadras de tu casa, dos en realidad, y la gente empieza a buscar refugio de la lluvia. Pienso si tal vez pases por esta ventana corriendo para no querer mojarte. Sé que vos sos diferente a mi y sí usas paraguas. Yo no creo que sean útiles, el agua siempre moja y siempre es agua inofensiva. Aunque el agua para nosotros sea tan importante que tenemos recuerdos que tienen que ver con el agua.
Pido otro café, porque éste ya está frío y es un asco. El mozo no entiende qué estuve haciendo para no haberlo terminado. Estuve muy concentrado mirando la calle, las flores en la esquina, esas que te compraba, y la vereda que caminábamos juntos. Sé que es cursi pero no puedo pensar de otra manera.
Entiendo que te haya hecho daño, y que me porté muy mal con vos. Muchas promesas rotas y sueños por cumplir. Pero estoy cambiando, quiero merecerte, quiero que veas que estoy haciendo cosas para sanar el mal que hice. No es fácil, lleva tiempo.
Tengo ganas de llamarte, decirte que duermas conmigo. Que hagamos como que no nos conocemos y tomemos un café. Dos extraños que se encuentran en la fila del banco y se dan cuenta de que tienen muchas cosas en común. Dos extraños que al mirarse, se dan cuenta que una sonrisa puede curar y que una caricia puede calmar los llantos más agudos.
Te hablo a veces en el silencio de la casa. Te hablo y te cuento qué estoy haciendo. Qué quiero cambiar, si pongo este mueble acá o allá. Nada te gusta y querés que ahorre para comprar cosas nuevas, o que hagamos un viaje largo solos.
Voy a confesarte algo: Extraño el arroz con vino. Al principio no entendía si era un rizotto o qué era. Pero ahora lo extraño. Saber que había arroz con vino, era saber que habías estado largo rato cocinando para mi. Sé que no supe apreciarlo o no te dije que me gustaba. Pero me gusta, enserio me gusta. No te estoy mintiendo.
Ya no sé a qué hora irme a dormir, porque no estas para decirme que estas cansado. Ya no tengo hambre tampoco porque no quiero cocinarme para mi solo. La lluvia me lastima porque no tengo tu abrazo y no puedo protegerte de tu miedo a los relámpagos.
Voy a irme de este bar y voy a ver tu puerta otra vez. Total, no me ves y yo puedo recordar más cosas ahí. Desde la vez que esperé a que salgas el día que rendías tu primer examen, hasta las noches que entraba rápido porque hacía frío, o cuando me hiciste esperarte tantas veces porque no terminabas de cambiarte. Y tu beso y tu sorpresa al verme. La alegría de verme que desapareció de repente por mi culpa.
A veces dos palabras pueden ser dos palabras y nada más. O pueden resumir tantas sensaciones, sonrisas, sueños y tanto dolor que dejan de ser suficientes. Nunca va a ser suficiente. Pero al menos quiero intentarlo. Dejar este café con leche, y escribir por fin dos palabras que tengan sentido que estoy buscando hace rato. Dos palabras que sin quererlo, demuestren otra vez mi torpeza pero ya no mas mi miedo. Y tomo fuerzas, la escribo, borro, la escribo de nuevo y me doy cuenta de que tengo que dejar de dar vueltas y al fin decirte que: Te amo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)