Otra vez trato de concentrarme en el medio del ruido del Carnaval en Buenos Aires. Las murgas cerca de casa están festejando y danzando en un rito que lleva décadas de ensayos. Los chicos corren de acá para allá contentos. Yo me quedo mirando desde la esquina. Estoy pensando si debería escribirte de nuevo o quedarme callado leyendo hasta que duerma.
Lo que pasa es que tu silencio es desesperante, y extraño verte deambulando por mi vida. Con esa forma de caminar como si flotaras y esa sonrisa que a mi me hace flotar. Parece que te estoy viendo en la vereda, con tus auriculares y tu prisa que no sé por qué siempre tenés. Será que el barrio te parece inseguro, o será que no te gusta llegar tarde a ninguna parte. Siempre calculás bien. Yo siempre llego tarde.
Siempre te irritó que llegara tarde porque me atrasaba con esto o calculaba mal el tiempo del subte. Siempre me dijiste que tengo que apurarme y que tengo que salir media hora antes.
Hoy, otra vez estoy tarde. Tarde te digo lo que siento. Tarde pienso en lo que hice mal. Tarde aprendo y quiero resolver las cosas. Siempre tarde. Y eso es culpa mía. Porque me lo advertiste; no tolerás la impuntualidad. Es que sos prolijo y yo no. Soy un desastre y creo que en algún momento te gustó. Pero no te gusta mas. No querés saber nada con mi impuntualidad.
Sostengo que mis impulsos son claves en las decisiones que tomo. El hecho de que llueva y me moje, sólo para ver tu balcón lo prueba. No estoy orgulloso de eso, pero mis acciones siempre se ven regidas por los impulsos. El corazón, como te dije, a veces no me deja pensar. Y salgo a caminar sin rumbo con una mochila con algunos libros, un buzo por si hace frío, la música por si me aburro y mis ojos atentos en buscarte.
Te busco en lugares donde nunca irías, te busco por todas partes en la ciudad, para simular que no te estoy buscando. Te busco en las páginas de los diarios, en los poemas, en las fotos que nos sacábamos juntos. Busco y lloro a veces desconsoladamente. Pero me hago el fuerte, tomo un café y sigo escribiendo. Te escribo cartas que nunca vas a leer. Cartas que guardo, o que tiro porque sé que son pura mierda cursi.
Eso es, mierda cursi. Todas esas películas de las que aprendí absolutamente nada. De las que creo que vivimos y pienso que aún me amas. Es raro pero a veces, mientras camino me siento en algún cordón de vereda y enciendo un cigarrillo para tratar de respirar realidad. Pero el humo me lleva a recuerdos nuestros, de cómo pasamos el invierno entrelazando nuestros dedos cuando hacía frío. O de cuando saltabas en la cama solamente para hacerme rabiar.
Nadie sabe amar dijo Daniel Melero. Pero yo creo que no solamente no sé amar, sino que no sé a veces cómo cuidarlo. Y eso te lo dije, no te cuidé. Y ahora es tarde. Ojalá alguien llegue a tiempo siempre que lo necesites, y te cuide como yo quiero aprender. No es fácil pensar en esto, pero tengo que hacerme a la idea. Tengo que aprender a ser puntual y dejar de buscarte. Tengo que aceptar que ya no estas conmigo porque te hago mal y ya no me vas a retar porque te dije a las nueve y son nueve y cuarto.
Espero algún día encontrarte y que me dejes que te enamore y te cuide de nuevo. Mientras, voy a seguir escribiendote estas mierdas cursis que tanto me gustan escribir.
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