Cuaderno en mano, entro a un bar. Me siento a lado de una ventana que da a la calle, desierta en febrero. No pude vivir la época en la que en los bares de Buenos Aires se podía fumar en interiores mientras se disfrutaba de un café. Pido un café con leche, como siempre. Algo para comer, un tostado sin jamón, pero con tomate.
Afuera quiere llover. Y el bar, como la calle, también desierto, me recuerda los pocos que elegimos el ritual antiguo de la cafetería y la charla con algún amigo. Es que algunos prefieren tomar algo y charlar parados en alguna esquina. El tiempo no alcanza y queremos resolver rápido todo.
Me acuerdo las charlas que teníamos sentados el uno frente al otro. Algún chiste que te hacía reír. Enfrente mío, el cielo gris que está a punto de largarse a llorar. Tus ojos mirando por la ventana siempre hacían que me pregunte qué estarías pensando. Es que, a veces, uno quiere meterse en la cabeza del otro. Revolver en los recuerdos y los deseos del otro nunca se puede. Y soy torpe y pregunto directamente qué pensás. Me arrepiento al segundo, porque tal vez no quiera saberlo.
Tal vez me digas que ya no te interesa estar sentado conmigo hablando, te levantes y te vayas. Tal vez me digas que pensás que lo que sentís es diferente a lo que siento y terminas por dejar tu taza con el café enfriándose. Tal vez me dejes y salgas corriendo a través de la lluvia de verano. Por eso me trago en un sorbo las palabras. No pregunto nada, porque la respuesta puede ser mi perdición. La verdad en tus ojos puede llegar a destruirme, y prefiero ser egoísta y mentirme antes de desplomarme ahora mismo.
Siempre tuviste la delantera, mi admiración y temor. Porque a veces, uno tiene miedo igual, aunque se sienta muy seguro en el calor del otro. Mi cabeza a veces corre queriendo atrapar a mi corazón. Soy muy intenso te dije una vez y casi no pienso cuando estoy sintiendo algo que es genuino. Tengo miedo de asustarte y casi no puedo tragar el tostado.
Nos acostumbramos que en público no nos abracemos, nos besemos poco y no caminemos de la mano. No sé si por vergüenza, o para extrañarnos un poco aunque estemos caminando juntos. Creo que te veo a través del vidrio empañado. Pero soy yo que estoy empapado esperándote que salgas a abrazarme. Pero no me abrazas. No querés el café que se está enfriando, no querés ninguna pregunta más, ni un chiste.Tampoco el pedacito de tostado que yo no quiero comer.
Me río solo de pensar en todas las veces que corríamos a ver quien entraba primero en el baño a la mañana. Y después los largos desayunos con café con leche en la cama. Tu pelo descontrolado y tus ojos achinados del sueño que sólo se despertaban con cosquillas. El beso cuando te ibas y me dejabas durmiendo. Que corras hasta donde estaba y me aplastes sin decir una palabra.
Tal vez, dejé enfriar el café un poco mientras escribo. Pero no puedo hacer otra cosa.
Me acuerdo que nos sorprendíamos hasta de cómo "encastrabamos" para dormir la siesta en una cama de una plaza. Decías que no te incomodaba en absoluto y hasta incluso dormías profundamente. Hace semanas que no duermo mas de cinco horas, si es que duermo. Es asombroso cómo la cama de dos plazas que compramos nos quedaba chica para nuestros juegos, y ahora es inmensa para mí solo. Igual elaboré una técnica; pongo todas las almohadas que tengo de tu lado y las abrazo por la noche. De esa manera me quedo dormido.
Estoy a algunas cuadras de tu casa, dos en realidad, y la gente empieza a buscar refugio de la lluvia. Pienso si tal vez pases por esta ventana corriendo para no querer mojarte. Sé que vos sos diferente a mi y sí usas paraguas. Yo no creo que sean útiles, el agua siempre moja y siempre es agua inofensiva. Aunque el agua para nosotros sea tan importante que tenemos recuerdos que tienen que ver con el agua.
Pido otro café, porque éste ya está frío y es un asco. El mozo no entiende qué estuve haciendo para no haberlo terminado. Estuve muy concentrado mirando la calle, las flores en la esquina, esas que te compraba, y la vereda que caminábamos juntos. Sé que es cursi pero no puedo pensar de otra manera.
Entiendo que te haya hecho daño, y que me porté muy mal con vos. Muchas promesas rotas y sueños por cumplir. Pero estoy cambiando, quiero merecerte, quiero que veas que estoy haciendo cosas para sanar el mal que hice. No es fácil, lleva tiempo.
Tengo ganas de llamarte, decirte que duermas conmigo. Que hagamos como que no nos conocemos y tomemos un café. Dos extraños que se encuentran en la fila del banco y se dan cuenta de que tienen muchas cosas en común. Dos extraños que al mirarse, se dan cuenta que una sonrisa puede curar y que una caricia puede calmar los llantos más agudos.
Te hablo a veces en el silencio de la casa. Te hablo y te cuento qué estoy haciendo. Qué quiero cambiar, si pongo este mueble acá o allá. Nada te gusta y querés que ahorre para comprar cosas nuevas, o que hagamos un viaje largo solos.
Voy a confesarte algo: Extraño el arroz con vino. Al principio no entendía si era un rizotto o qué era. Pero ahora lo extraño. Saber que había arroz con vino, era saber que habías estado largo rato cocinando para mi. Sé que no supe apreciarlo o no te dije que me gustaba. Pero me gusta, enserio me gusta. No te estoy mintiendo.
Ya no sé a qué hora irme a dormir, porque no estas para decirme que estas cansado. Ya no tengo hambre tampoco porque no quiero cocinarme para mi solo. La lluvia me lastima porque no tengo tu abrazo y no puedo protegerte de tu miedo a los relámpagos.
Voy a irme de este bar y voy a ver tu puerta otra vez. Total, no me ves y yo puedo recordar más cosas ahí. Desde la vez que esperé a que salgas el día que rendías tu primer examen, hasta las noches que entraba rápido porque hacía frío, o cuando me hiciste esperarte tantas veces porque no terminabas de cambiarte. Y tu beso y tu sorpresa al verme. La alegría de verme que desapareció de repente por mi culpa.
A veces dos palabras pueden ser dos palabras y nada más. O pueden resumir tantas sensaciones, sonrisas, sueños y tanto dolor que dejan de ser suficientes. Nunca va a ser suficiente. Pero al menos quiero intentarlo. Dejar este café con leche, y escribir por fin dos palabras que tengan sentido que estoy buscando hace rato. Dos palabras que sin quererlo, demuestren otra vez mi torpeza pero ya no mas mi miedo. Y tomo fuerzas, la escribo, borro, la escribo de nuevo y me doy cuenta de que tengo que dejar de dar vueltas y al fin decirte que: Te amo.
Profundas palabras, me llegaron al alma. Nada mejor que expresar lo que uno siente. te sigo y espero seguir leyendote
ResponderBorrar