Ya no puedo escribir más, perdón.
Cuaderno y Café con leche.
sábado, 27 de junio de 2015
Sobre un Dios.
Ojalá en lo profundo de mis ojos veas el claro de los tuyos. Hoy me puse a pensar exactamente eso; si en realidad con mirarme puedas sentir como las células se revolucionan, cómo el estomago se contrae y falta el aire en mis pulmones. Me preguntaba si en alguna parte del cosmos, en cualquiera de los planos, tus dedos rozan los míos. Se me cierra la garganta sólo de pensarlo. Es como si creyera en Dios, el Dios Amor que nos conecta a nosotros de alguna manera. Angustia de sólo pensarlo. Poner entre las posibilidades de que todo esto sean palabras sin sentido. Que verdaderamente suceda, y quedarme esperando, que nunca veas en mis ojos el brillo, la ternura, el deseo, la esperanza. ¿Cuántos vasos de vodka o de whisky necesitaré? ¿Cuántas palabras más voy a escribir mientras eso no pase? Tal vez, Dios no quiera. Tal vez, es egoísta y solamente quiere jugar cuando él quiere jugar. ¿Ya no habrá amor? Mi amor. El amor grande como todo el pecho mío, como la ciudad en la que vivimos, como la distancia que siento cuando estás cerca.
lunes, 8 de junio de 2015
Sobre las palabras.
Hoy me dejo. Me voy a ir de mi cuerpo. De tu cuerpo. De nuestros cuerpos y cabezas. Cuerpos, cabezas, besos. Te dejo. Abandono la idea de tu recuerdo, por un tiempo, un lapso. Tengo miedo. ¿Y ahora? Mi cuerpo, mi cabeza, mis brazos. Dos. Un beso. Un último beso entre tantos, en la calle, en un sueño, me destapo. Te miro, mis ojos, tus dedos, verdes, rojos, labios blancos. Te dejo. Un grito ahogado, un silencio en mi oído por años. ¿Me olvido? No, importa. Cuchame, te pido, quereme, no importa, te extraño. Silencio. Muerdo rancio, fumo espeso, me calmo. Hundo, clavo, acabo, llanto. Decime ¿Me rajo? Decido, miento, mancho. Escribo. Palmo.
domingo, 31 de mayo de 2015
Sobre la oscuridad
Tengo la sensación de que a veces no veo. Como cuando cortaban la luz en casa esas noches de verano y estaba en el baño. Una sensación asfixiante y de terrible soledad en el baño a oscuras. El aire denso y húmedo de la ducha que tenía que cerrar a tientas. Los vidrios de mis anteojos empañados pero sin poder ver nada. Hasta que me acostumbre y pueda encontrar el picaporte de nuevo y salir. Pero podía quedarme unos segundos más a ver si la luz volvía. Pero no, aunque ya me había sentado en el inodoro, la claridad no iba a volver. Tenía que salir a buscar algún encendedor o un fósforo para volver a la normalidad con algunas cuantas velas. Y hacer de cuenta que nada me daba miedo. Nada me da más miedo que la oscuridad. O sí, tal vez sea la oscuridad y saber que no hay velas, y que me voy a quedar sentado ahí en el inodoro hasta que vuelva la luz. Aferrado a esa esperanza que nunca se pierde. Respirando y a veces llorando, contando los minutos, cantando para mis adentros, cerrando los ojos para no ver que no veo. Y así es siempre, siempre que se apaga la luz.
lunes, 24 de noviembre de 2014
Sobre volver.
¿Cuanto tardamos en olvidar a alguien? ¿Cuando creemos que estamos listos para empezar de nuevo? ¿Cómo es salir a las pistas? ¿Se puede volver a pensar en el amor después de un rompimiento?
No tengo la respuesta a ninguna de esas preguntas. Pero si les puedo contar una historia que me contaron de un chico que lloró casi hasta ahogarse y después perdonó. Perdonó todo lo malo, y se acordaba sólo de los buenos momentos que habían vivido. Él quería de verdad ser una mejor persona, intentar progresar, madurar. Encontró hobbies, nuevos libros, películas, chistes que hacía con su familia. Conoció nuevos amigos con los que disfrutaba tardes enteras en alguna plaza o caminando sin rumbo. Fué curioso y encontró lugares en la ciudad donde podía sentarse a tomar un café sólo y no se sentía incómodo. Se reencontró con personas que le hacían recordar quién era realmente. Empezó a saber de nuevo qué cosas le gustaban y cuáles no. Pasó noches enteras en vela escribiendo y leyendo todo lo que le hacía pensar en otros mundos e historias. Dejó de sentir dolor y puso un poco más de color a su vida. Salía a correr dos veces por semana, leía dos horas al día y visitaba siempre que podía un lugar nuevo. Aprendió a cocinar otras cosas para sus amigos y abrazó fuerte a su familia más seguido. Adoptó un gato y se encargó de que crezca sano. Compró una bicicleta, tiró toda la basura que había acumulado y cambió el corte de pelo. Se sentía feliz, se sentía pleno. No más días tristes para él. No más melancolía. Todo era bello y había allá adelante esperanza de seguir. Nada se había acabado, todo estaba comenzando. Pensaba que la vida le estaba mostrando que habían más oportunidades. Que por más que hubiera cometido errores siempre había opción de ser mejor. Que podía aprender y pedir disculpas. Soltar el odio y ser amoroso. Los recuerdos que tenía eran agradables. Pero ya no tenía oportunidades de volver con quien él había soñado un futuro. Hasta que un día, su teléfono sonó y tomaron un café y dijeron que se querían. Que iba a ser muy difícil pero que los sentimientos estaban ahí. Que iban a estar en contacto. Que se perdonaban. Hasta incluso se besaron. Pero mis amigos tengo que contarles que este muchacho quedó con ilusiones otra vez. Pensó otra vez cuántos viajes harían, cuántos regalos vendrían, cuantos besos bajo la lluvia revivirían. Creyó que nada podía ser mejor, una vida nueva, una nueva oportunidad llena de cosas por hacer. Unas ganas que no le entraban en el pecho. Pero no. No era así. No iba a cambiar nada entre ellos. "Sólo era para saber cómo estabas" respondió. Nada iba a ocurrir. Sólo estaban jugando otra vez con él. Sólo quería saber si estaba ahí esperando, o ya se había ido. El muchacho volvió a llorar. Volvió a creer que nada valía la pena. Que nunca más creería una palabra. Que habían jugado con sus sentimientos otra vez. Que ya no volvería a creer. Y no supo qué más hacer. Pudo, solamente, abrir su cuaderno, escribir y tomar una taza de café con leche.
No tengo la respuesta a ninguna de esas preguntas. Pero si les puedo contar una historia que me contaron de un chico que lloró casi hasta ahogarse y después perdonó. Perdonó todo lo malo, y se acordaba sólo de los buenos momentos que habían vivido. Él quería de verdad ser una mejor persona, intentar progresar, madurar. Encontró hobbies, nuevos libros, películas, chistes que hacía con su familia. Conoció nuevos amigos con los que disfrutaba tardes enteras en alguna plaza o caminando sin rumbo. Fué curioso y encontró lugares en la ciudad donde podía sentarse a tomar un café sólo y no se sentía incómodo. Se reencontró con personas que le hacían recordar quién era realmente. Empezó a saber de nuevo qué cosas le gustaban y cuáles no. Pasó noches enteras en vela escribiendo y leyendo todo lo que le hacía pensar en otros mundos e historias. Dejó de sentir dolor y puso un poco más de color a su vida. Salía a correr dos veces por semana, leía dos horas al día y visitaba siempre que podía un lugar nuevo. Aprendió a cocinar otras cosas para sus amigos y abrazó fuerte a su familia más seguido. Adoptó un gato y se encargó de que crezca sano. Compró una bicicleta, tiró toda la basura que había acumulado y cambió el corte de pelo. Se sentía feliz, se sentía pleno. No más días tristes para él. No más melancolía. Todo era bello y había allá adelante esperanza de seguir. Nada se había acabado, todo estaba comenzando. Pensaba que la vida le estaba mostrando que habían más oportunidades. Que por más que hubiera cometido errores siempre había opción de ser mejor. Que podía aprender y pedir disculpas. Soltar el odio y ser amoroso. Los recuerdos que tenía eran agradables. Pero ya no tenía oportunidades de volver con quien él había soñado un futuro. Hasta que un día, su teléfono sonó y tomaron un café y dijeron que se querían. Que iba a ser muy difícil pero que los sentimientos estaban ahí. Que iban a estar en contacto. Que se perdonaban. Hasta incluso se besaron. Pero mis amigos tengo que contarles que este muchacho quedó con ilusiones otra vez. Pensó otra vez cuántos viajes harían, cuántos regalos vendrían, cuantos besos bajo la lluvia revivirían. Creyó que nada podía ser mejor, una vida nueva, una nueva oportunidad llena de cosas por hacer. Unas ganas que no le entraban en el pecho. Pero no. No era así. No iba a cambiar nada entre ellos. "Sólo era para saber cómo estabas" respondió. Nada iba a ocurrir. Sólo estaban jugando otra vez con él. Sólo quería saber si estaba ahí esperando, o ya se había ido. El muchacho volvió a llorar. Volvió a creer que nada valía la pena. Que nunca más creería una palabra. Que habían jugado con sus sentimientos otra vez. Que ya no volvería a creer. Y no supo qué más hacer. Pudo, solamente, abrir su cuaderno, escribir y tomar una taza de café con leche.
martes, 25 de marzo de 2014
Sobre qué sé yo.
-Hola si por favor, quiero averiguar por un psicólogo o psiquiatra que...
-Lo que le puedo ofrecer es un turno para una admisión..
-No. Necesito ahora. Tengo mareos, creo que tengo un ataque de pánico.
-¿Usted está bajo tratamiento? ¿Esta diagnosticado?
-Si. Pero ya no los tenía más y me desperté y me pasó esto.
-Lo derivo a urgencias.
Sudaba y lloraba. Pensaba si las hornallas o las pastillas eran mejores. 'Muerte dulce' guglié. Me hacía acordar al libro de Murakami "Tokio Blues" donde casi todos los personajes terminan suicidándose. No soy un depresivo de mierda. Ni quiero que se compadezcan de mí.
El cuarto me aplastaba y el aire no alcanzaba a entrar en los pulmones. Abrazaba a la almohada con fuerza. Tu almohada. Tengo picazón por todo el cuerpo y el corazón dando saltos. Me da miedo salir de este cuarto. Quiero que me rescaten. Suena el teléfono.
-Señor cuales son los síntomas así envío a alguien de guardia.
Le explico. Me dice que vienen enseguida.
Te extraño, tal vez si no hubiera pasado lo que pasó, estarías conmigo. No como hace dos días. Y duermo en horas intermitentes. "Te extraño. Quiero hablar con vos" te mando. No quiero mentirte ni asustarte. Es que yo estoy muy asustado. ¿Te acordás que te contaba que me encerraba en el cuarto a oscuras mientras papá y mamá peleaban? Yo lloraba, me rascaba las manos y los brazos. Lloraba en silencio para que papá no se entere. Y por la ventana Jhonny, mi perro, ladraba porque me veía ahí.
Vinieron. Tomé algo y me fuí a dormir. Lo demás qué sé yo.
lunes, 10 de febrero de 2014
Sobre los celos.
Hoy descubrí que soy celoso. No quiero asustarte, como esas personas que son celosos enfermos. Tuve un poco de celos y me da vergüenza decirte cómo me dí cuenta. Solo voy a adelantarte que fue por algo que leí en internet. Y si, no va a ser de otra manera si no te veo, no sé qué haces de tu vida, casi nada.
Es gracioso que me pase ahora ya que siempre sostuve que no soy una persona celosa. Y lo sostengo. O sea, no me molesta que mires a otros o que fantasees con otros. Sólo me molestaría que te involucres sentimentalmente con alguien más. Pero hoy me dieron celos. Me dieron celos porque veo inminente la posibilidad que te olvides de mi en brazos de otro, en la boca de otro, en los juegos de otro. Y me aterra.
Me siento como un nene. Me siento un tarado. Más que nada porque no puedo hacer nada, ya no estamos juntos. El hecho que conozcas a alguien más y que puedas rehacer tu vida es de lo más lógico. Aunque yo no lo haga, aunque se me cruze por la cabeza pero lo crea imposible. Aunque crea que siguen habiendo posibilidades de volverte a enamorar, tengo que acostumbrarme a la idea que algún día vas a mirar a otro, vas a besar a otro, vas a jugar a las cosquillas con otro, vas a decirle te amo a otro. Y soy un imbecil, un tarado, porque lo puedo expresar ahora, porque me da miedo perderte. Pero ya te perdí.
A la próxima persona que se te cruce por el camino decile todo lo que no me dijiste, besala más que a mi, decile muchas más veces te amo y advertile mil veces de lo que se pierde sí te deja ir.
A la próxima persona pedile que te lea cuentos y te cuente historias de cómo quiere el futuro con vos. Dale muchos abrazos, esos que ya no puedo tener.
Sonreí tanto que te duela y cuando te duela llorar hacelo saber. A la próxima persona enseñale tus recetas y cómo te gusta el café.
Yo por mi parte sigo en este remolino en donde no sé qué hacer. Por momentos te extraño pero sé que estas mejor y por momentos quiero ir corriendo a tomar el primer colectivo que me lleve a tu casa.
Me pediste que si encontraba a alguien más lindo que vos, que le diera bola. Me di cuenta que, primero, es muy difícil encontrar a alguien así, y segundo estoy todo el día pensando en vos, así que no tengo tiempo de andar buscando.
Me di cuenta de que soy celoso. Fantasié escenas deformes de siluetas abrazándote y haciéndote reír. Formas que me roban recuerdos que eran sólo nuestros, que los compartas con alguien más. Proyectos que veo con tu cara donde mi cara ya no es más. Y me mareo como cuando era chico en las hamacas porque no me sabía hamacar. Daba vueltas sobre mí mismo y los ojos tenía que cerrar.
Ahora ya no entiendo nada y te extraño tanto que no puedo pensar.
domingo, 9 de febrero de 2014
Sobre la puntualidad.
Otra vez trato de concentrarme en el medio del ruido del Carnaval en Buenos Aires. Las murgas cerca de casa están festejando y danzando en un rito que lleva décadas de ensayos. Los chicos corren de acá para allá contentos. Yo me quedo mirando desde la esquina. Estoy pensando si debería escribirte de nuevo o quedarme callado leyendo hasta que duerma.
Lo que pasa es que tu silencio es desesperante, y extraño verte deambulando por mi vida. Con esa forma de caminar como si flotaras y esa sonrisa que a mi me hace flotar. Parece que te estoy viendo en la vereda, con tus auriculares y tu prisa que no sé por qué siempre tenés. Será que el barrio te parece inseguro, o será que no te gusta llegar tarde a ninguna parte. Siempre calculás bien. Yo siempre llego tarde.
Siempre te irritó que llegara tarde porque me atrasaba con esto o calculaba mal el tiempo del subte. Siempre me dijiste que tengo que apurarme y que tengo que salir media hora antes.
Hoy, otra vez estoy tarde. Tarde te digo lo que siento. Tarde pienso en lo que hice mal. Tarde aprendo y quiero resolver las cosas. Siempre tarde. Y eso es culpa mía. Porque me lo advertiste; no tolerás la impuntualidad. Es que sos prolijo y yo no. Soy un desastre y creo que en algún momento te gustó. Pero no te gusta mas. No querés saber nada con mi impuntualidad.
Sostengo que mis impulsos son claves en las decisiones que tomo. El hecho de que llueva y me moje, sólo para ver tu balcón lo prueba. No estoy orgulloso de eso, pero mis acciones siempre se ven regidas por los impulsos. El corazón, como te dije, a veces no me deja pensar. Y salgo a caminar sin rumbo con una mochila con algunos libros, un buzo por si hace frío, la música por si me aburro y mis ojos atentos en buscarte.
Te busco en lugares donde nunca irías, te busco por todas partes en la ciudad, para simular que no te estoy buscando. Te busco en las páginas de los diarios, en los poemas, en las fotos que nos sacábamos juntos. Busco y lloro a veces desconsoladamente. Pero me hago el fuerte, tomo un café y sigo escribiendo. Te escribo cartas que nunca vas a leer. Cartas que guardo, o que tiro porque sé que son pura mierda cursi.
Eso es, mierda cursi. Todas esas películas de las que aprendí absolutamente nada. De las que creo que vivimos y pienso que aún me amas. Es raro pero a veces, mientras camino me siento en algún cordón de vereda y enciendo un cigarrillo para tratar de respirar realidad. Pero el humo me lleva a recuerdos nuestros, de cómo pasamos el invierno entrelazando nuestros dedos cuando hacía frío. O de cuando saltabas en la cama solamente para hacerme rabiar.
Nadie sabe amar dijo Daniel Melero. Pero yo creo que no solamente no sé amar, sino que no sé a veces cómo cuidarlo. Y eso te lo dije, no te cuidé. Y ahora es tarde. Ojalá alguien llegue a tiempo siempre que lo necesites, y te cuide como yo quiero aprender. No es fácil pensar en esto, pero tengo que hacerme a la idea. Tengo que aprender a ser puntual y dejar de buscarte. Tengo que aceptar que ya no estas conmigo porque te hago mal y ya no me vas a retar porque te dije a las nueve y son nueve y cuarto.
Espero algún día encontrarte y que me dejes que te enamore y te cuide de nuevo. Mientras, voy a seguir escribiendote estas mierdas cursis que tanto me gustan escribir.
Lo que pasa es que tu silencio es desesperante, y extraño verte deambulando por mi vida. Con esa forma de caminar como si flotaras y esa sonrisa que a mi me hace flotar. Parece que te estoy viendo en la vereda, con tus auriculares y tu prisa que no sé por qué siempre tenés. Será que el barrio te parece inseguro, o será que no te gusta llegar tarde a ninguna parte. Siempre calculás bien. Yo siempre llego tarde.
Siempre te irritó que llegara tarde porque me atrasaba con esto o calculaba mal el tiempo del subte. Siempre me dijiste que tengo que apurarme y que tengo que salir media hora antes.
Hoy, otra vez estoy tarde. Tarde te digo lo que siento. Tarde pienso en lo que hice mal. Tarde aprendo y quiero resolver las cosas. Siempre tarde. Y eso es culpa mía. Porque me lo advertiste; no tolerás la impuntualidad. Es que sos prolijo y yo no. Soy un desastre y creo que en algún momento te gustó. Pero no te gusta mas. No querés saber nada con mi impuntualidad.
Sostengo que mis impulsos son claves en las decisiones que tomo. El hecho de que llueva y me moje, sólo para ver tu balcón lo prueba. No estoy orgulloso de eso, pero mis acciones siempre se ven regidas por los impulsos. El corazón, como te dije, a veces no me deja pensar. Y salgo a caminar sin rumbo con una mochila con algunos libros, un buzo por si hace frío, la música por si me aburro y mis ojos atentos en buscarte.
Te busco en lugares donde nunca irías, te busco por todas partes en la ciudad, para simular que no te estoy buscando. Te busco en las páginas de los diarios, en los poemas, en las fotos que nos sacábamos juntos. Busco y lloro a veces desconsoladamente. Pero me hago el fuerte, tomo un café y sigo escribiendo. Te escribo cartas que nunca vas a leer. Cartas que guardo, o que tiro porque sé que son pura mierda cursi.
Eso es, mierda cursi. Todas esas películas de las que aprendí absolutamente nada. De las que creo que vivimos y pienso que aún me amas. Es raro pero a veces, mientras camino me siento en algún cordón de vereda y enciendo un cigarrillo para tratar de respirar realidad. Pero el humo me lleva a recuerdos nuestros, de cómo pasamos el invierno entrelazando nuestros dedos cuando hacía frío. O de cuando saltabas en la cama solamente para hacerme rabiar.
Nadie sabe amar dijo Daniel Melero. Pero yo creo que no solamente no sé amar, sino que no sé a veces cómo cuidarlo. Y eso te lo dije, no te cuidé. Y ahora es tarde. Ojalá alguien llegue a tiempo siempre que lo necesites, y te cuide como yo quiero aprender. No es fácil pensar en esto, pero tengo que hacerme a la idea. Tengo que aprender a ser puntual y dejar de buscarte. Tengo que aceptar que ya no estas conmigo porque te hago mal y ya no me vas a retar porque te dije a las nueve y son nueve y cuarto.
Espero algún día encontrarte y que me dejes que te enamore y te cuide de nuevo. Mientras, voy a seguir escribiendote estas mierdas cursis que tanto me gustan escribir.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)